lunes 11 de enero de 2010

continuación cuento breve I

Pero las cosas se complicaron un poco,




cuando se dieron cuenta que algo más grande estaba detrás de todo eso, algo enorme.



miércoles 19 de agosto de 2009

continuación cuento breve I

Cuando la casa se vino abajo,







todos empezaron a sospechar del castor








...

miércoles 12 de agosto de 2009

continuación cuento breve I

De lo que pasó, el gallo fue el único testigo.






Pero el viento viró hacia el sur.






Gallo veleta

lunes 3 de agosto de 2009

cuento breve I

Esta es la historia de un conejo,



un árbol,




y una muerte





...

lunes 15 de junio de 2009

martes 9 de junio de 2009


miércoles 3 de junio de 2009

lunes 1 de junio de 2009

lunes 18 de mayo de 2009



sábado 16 de mayo de 2009







En el cielo hay cabezas de suricatas

sábado 18 de abril de 2009







En el infierno hay cabras

martes 31 de marzo de 2009




ilustración
de un cuento que no existe,
que narra su muerte






(hojas proporcionadas por V)

jueves 19 de marzo de 2009




perverso encuentro entre,
el Padre,
un Obispo,
y el Espiritu Santo,
en nombre del Hijo

sábado 14 de marzo de 2009



lunes 9 de marzo de 2009

viernes 27 de febrero de 2009

domingo 22 de febrero de 2009

miércoles 11 de febrero de 2009

de qué te la das, Nylon?

martes 2 de diciembre de 2008

"Para escaparle a la angustia que genera el estudio, uno se vuelve creativo. Lo que es peor, es que uno decide estudiar por miedo a serlo."

viernes 21 de noviembre de 2008

el pato de satán

viernes 31 de octubre de 2008

viernes 24 de octubre de 2008

viernes 26 de septiembre de 2008



lunes 22 de septiembre de 2008

lunes 25 de agosto de 2008

miércoles 20 de agosto de 2008

chicken dance

martes 29 de julio de 2008

viernes 11 de julio de 2008

conejo

lunes 7 de julio de 2008

gato



domingo 6 de julio de 2008

pato




miércoles 21 de mayo de 2008

gordos




Estaba por hacer tantas cosas con mis gordos,


pero el sindicato es fuerte, creanme.

había una idea, dicen









Que posteo choto.

lunes 5 de mayo de 2008

dos meses y pico

Después de mucho tiempo puse al horno semillas de zapallo, y las comí. También, después de mucho tiempo vuelvo a escribir algo.
No quiero decir que gasté el día haciendo cosas que no hice durante mucho tiempo, para nada.
Las semillas salieron impresionantes; lo que
escribí recién, pura mierda.

domingo 17 de febrero de 2008

Tragedia



(autor de la tragedia, nombre desconocido)




ACTO PRIMERO


Escena Primera

NYLON, RUPERTO

NYLON.- La decisión está tomada: me marcho, querido Ruperto. Dejo mi residencia en el amable Hoyo. Empiezo a ruborizarme de mi ociosidad. Después de dos meses entre ríos y montañas, me agito en dudas mortales. No solo ignoro el destino de mi tan amada cabeza, sino que hasta ignoro los lugares que puedan ocultarla.

RUPERTO.- ¿En qué lugares la vas a buscar, Don? Por tranquilizar tu legítimo temor, he recorrido el valle de la Comarca. He preguntado por tu cabeza en los pueblos que la definen, desde donde se ve el Pirque perderse hacía el Epuyén, he visitado Puelo y, abandonando El Bolsón he pasado hasta el cerro que vio caer a Miranda. ¿Cuál es vuestra nueva esperanza? ¿En qué dichosos lugares esperáis hallar las huellas de tu seso? ¿Quién sabe si vuestra cabeza quiere que se respete el misterio de su ausencia? Y que cuando vos y yo temblamos por su vida, tranquila en algún remoto lugar, tu cabeza no aguarda más que a una frívola amante...

NYLON.- No sigas, querido Ruperto. Hubo un momento en que podía conducir las intenciones de mi cabeza. Reconozco tanto su valor como sus errores juveniles, y bien te digo que no puede ser retenida por tan indigno obstáculo. En fin, buscándole cumpliré con mi deber y huiré de estos lugares que tanto empiezan a inutilizarme.

RUPERTO.- ¿Eh? ¿Desde cuándo, Don, teméis la apacible presencia de estos lugares tan gratos a vuestra infancia y de los cuales os he visto preferir el reposo al pomoposo tumulto de Capital? ¿Qué nostalgia, o acaso qué peligro os acecha?

NYLON.- Ya pasaron aquellos hermosos tiempos. Todo ha cambiado de aspecto, creemelo, sé que algo raro me estremece los huesos, los vientos húmedos de Chile claramente lo predicen.

RUPERTO.- De tus labios no veo salir más que huevadas, Don. Claramente he observado cómo tu estado últimamente ha caído en vana desesperación. Observo a los bueyes inquietarse ante tu presencia como si fueras vos la persona, oh mi querido patrón, que desposeyó de sus vigorosos cuerpos el testículo derecho.

NYLON.- ¿Vos decís, mi más estimado amigo que los bueyes se inquietan? ¿No te parece que debería marcharme? ¿Emprender lo que el corazón, único organo que últimamente me corresponde, me indica? ¡Ay de mí, Ruperto! ¿Qué desgracia puede ser igual a la mía? En vano permanezco día y noche aguardando a mí cabeza.

RUPERTO.- Veo que tus ojos, atravezados por oscuras tinieblas, no ven más allá que la punta de tu nariz. Pero te digo, Don, has caído en medio del laberinto de la confusión. Cualquiera te diría que deberías tomarte un té de tilo, o tal vez, dejar de fumar. Pero sé que eso no aplacaría los dolores que tanto os perturban. Deberías empezar yoga.

NYLON.-¿Dónde estoy?¿Qué es lo que he hecho? ¿Qué puedo hacer aún? ¿Qué impulso me domina? ¿Qué pesar me devora? Errante y sin rumbo, me paseo por esta casa y ahora ésto ¡Oh, mi querido Ruperto! Mi corazón no disimula ante tí. Siempre en mis desgracias, tu lealtad se ha mostrado constantemente ante mis ojos; pero creía que me conocías mejor ¿Cómo pudiste pensar que yoga me ayudaría, cómo confundiste tanto tu inteligencia al decir que podría despertar del dolor de tantos muertos, por yoga? Ruperto, el cuidado de mi tranquilidad llevaría a turbar la suya. Pero respetandolo, le vuelvo a preguntar: ¿Sostienes que sería yoga, el método que aplacaría mis pesadas angustias? Un sordo rumor afirma que yoga apesta.

RUPERTO.- No importa. Escuchémoslo todo y no descuidemos nada. Escuchemos tales rumores, remontémonos hasta su fuente. Si merecen crédito, le dejo tranquilo en esos frondosos lugares en donde últimamente has decidido permanecer, tal vez, hasta perecer.

NYLON.- Uh, bueno, hagamos el intento. ¿Pero asegurarías lo que acabas de decirme, oh mi querido Ruperto? El temor, ahora ante una posible solución, se hace aún más fuerte ¿Dices que le debería ver, Ruperto, con ojos confiados cuando de sus gruesos labios se pronuncia el nombre de esa extraña disciplina?

RUPERTO.- Ponele.

NYLON.- Escucho en tu respuesta un pequeño indicio de duda ¡El dolor que se calla es el más funesto! ¡Un carajo empiezo yoga! He hablado.

RUPERTO.- Concibo vuestro dolor; pero se me ocurría que podría estar bueno. Yo voy los martes.

NYLON.- ¡Ay! ¡Todo me abandona! ¿Cómo es que has empezado yoga?

RUPERTO.- Me lo recomendó Enrique, hijo de Ambrosio, aquellos que habitan en el Pedregoso. Pero ya veo que lo que quiere es lamentarse siempre y no mercer nada. Marchad. Id a otra parte a jactaros de vuestra estupidez. Mi ánimo está confuso de mis cobardes complacencias. Es demasiado recibir en un día tus estupideces...

NYLON.- Calla tu boca, oh Ruperto. No tienes autoridad alguna para tanto enojo con el señor que tanto cuidó de tí cuando pequeño. No sigas.

RUPERTO.- Don, veo que ya es tiempo de callarme. Que mi libertad empieza a disgustaros. Ahí se acerca su sobrino. Le cedo el sitio. Le dejo escuchar cómo usted lamenta su desgracia. Me retiro Don.

NYLON.- Vaya pués. Piérdase en el bosque.


Escena II

NYLON, ERNESTO


NYLON.- Oh pequeño sobrino ¡Cuánto anhelo tu edad! Todavía eres dueño de tal inocencia, te paseas y recojes piedras del piso sin darle lugar a las angustias. Desconoces las curiosas decisiones de la conciencia. Desearía que permanezcas así. Nunca es grato sentir a alguien tan cercano sufrir ¡Oh, cuánta desgracia me provoca el tener que verte crecer!

ERNESTO.- ...

NYLON.- Todavía ni de tu boca se animan a salir las palabras.

ERNESTO.-...

NYLON.- ¡Diantres! Dí algo.

ERNESTO.- ...

NYLON.- ¿Debería probar con lo que mi fiel compañero Ruperto, insiste? ¿Con yoga?

ERNESTO.- ...

NYLON.- ¿Eh?

ERNESTO.- ...

NYLON.- Uh, bueno, mañana hago el intento.

miércoles 13 de febrero de 2008

pff





Me hacen enfadar.




Ah, y tengo bigotes.

Les va a ser útil saberlo.

vuelvo




Con ésto, tampoco pidan grandes cosas eh, que estoy cansado.

Esperamos agarrar un ritmo, o más que ritmo, ideas.

Se complica, no estoy muy amigable.

Sepan que fue duro superar la acusación, esa que decía que todo lo que subía eran refritos de dibujos pegados en la pared del cuarto,

putos.

domingo 9 de diciembre de 2007

el palto,




el palto murió unos pocos días después,
"taladrillo" o algo así fue lo que dijeron que tuvo.
el vaso se rompió.
tuve que cerrar la ventana.
empezó el invierno, y bueno, hace frío.
la mesa fue leña, hace frío en invierno,como decía.

ahora, les cuento,
solo quedan las sombras,
pero me aburren.

voy a clavarle otro palo a otro carozo,
tal vez salga otro palto.

jueves 6 de diciembre de 2007

..






...

sábado 10 de noviembre de 2007

shit.

viernes 9 de noviembre de 2007

J y P.



ponele.

lunes 5 de noviembre de 2007

piso de arriba

La escalera de madera
con baranda de bronce opacado,
te llevaba al piso de arriba,
al de alfombra marrón,
al de la tele,
en el que estaba además el cuarto de los abuelos,
el piso que establecía la jerarquía entre los nietos.

Ahí dormían los más grandes,
o los que empezaban a ser grandes,
veían televisión hasta la madrugada,
esperaban que se duerman los otros,
los de menos aguante nocturno.
Los que empezaban a ser grandes
aprovechaban para ver programas con escenas eróticas inverosímiles,
verosímiles para el momento,
escenografías futuristas,
movimientos robóticos.

La protagonista viajaba en el tiempo
para descubrir todo sobre el placer sexual,
Emanuelle, siempre en MUTE.
No importaba lo que ella decía,
importaba que nadie escuche,
lo que hacía.

El piso de la alfombra marrón
era un buen piso,
sin duda.

puedo decirles IV,

que es poco lo que puedo decirles.

lunes 22 de octubre de 2007

puedo decirles III,

afuera está despejado, el palomo se para en la antena de camila,
y fibertel reconectó internet,

martes 2 de octubre de 2007

puedo decirles II,

afuera llueve y fibertel nos cortó internet

martes 11 de septiembre de 2007

puedo decirles,

afuera llueve y el palomo no está.

martes 14 de agosto de 2007

de los siete mares.

jueves 9 de agosto de 2007

algo pequeño.

un intento.

jueves 2 de agosto de 2007

F II

Lacre


En caso de emergencia:
Retire el lacre,
use el martillo para
romper el vidrio*

*Para vidrios duplos
rompa los dos vidrios.


Leí eso. Lo tenía en la ventana de mi lado, en el asiento treinta y cinco. Individual, ventana y pasillo.
El martillo estaba también al lado mio, escondido entre las cortinas bordó y cubierto por un plástico rojo remachado a la pared. Pensé mucho en cómo haría para sacar el martillo de ese plástico rojo remachado a la pared en una eventual emergencia. Pensé en todo tipo de posibles emergencias. Desde terribles choques múltiples hasta aún más terribles vuelcos en precipicios. En todos estos catastróficos pensamientos me ubicaba en el papel del héroe, por eso debía saber como sacar el martillo del lacre.
Era ya la mañana y había viajado unos miles de kilómetros, faltaban unos ochocientos. Todos dormían menos los choferes, por lo menos era lo que me parecía.

La noche anterior había pasado ya. Fue tranquila, y hasta que empezaron a pasar unos videos de música de los ochenta a los kilómetros que pasaban los aproveche para terminar un libro. Fue una noche tranquila, estaba en uno de los últimos asientos, y aunque habían cuatro más atrás, yo era el último pasajero. Uno de los choferes me alcanzó la cena que pude comer después de cortar con el cuchillo de plástico ese pollo grasoso. El cuchillo no se rompió y yo ya estaba relajado. Tire de un botón y el asiento se hizo cama, acomodé bien la almohada abajo de mi pesada cabeza y me tape con una manta a cuadros, estiré mis piernas y mientras seguía la música ochentosa el chofer que hacía de mozo me ofreció champán. Cómo no aceptar. Se me acabó el champán y se apagaron las luces.
Antes de dormir miré una última vez a la chica del treinta y tres y después sí, me di vuelta y dormí. Los videos seguían.

Pero como dije, era ya la mañana, y las mañanas no son como las noches.
Pasé mi mano por el vidrio empañado para ver el paisaje, para ver cómo había cambiado del día anterior. Y sí, había cambiado. El camino sinuoso fue quedando atrás con sus subidas y bajadas, y ahora estábamos en un camino recto con grandes campos verdes a ambos lados. Habían pocas casas que parecían abandonadas. Pensé que tal vez había pasado algo así como una similar fiebre del oro como pasó allá en el oeste americano. No terminé ese pensamiento, se borró cuando empecé a ver vacas, y algún humo que salía de las casas. No estaban abandonadas.

De las vacas pasé a mirar al vidrio, y después vi algo rojo que se insinuaba en el color bordó de las cortinas. Claro, era un martillo. Fue imposible no pasar después a leer lo que decía en la ventana a mi lado. Miré todas las ventanas donde aparecía eso escrito. Y bueno, empecé a imaginar las situaciones trágicas.

Una señora, la del veinticuatro, se levantó y agarró un libro de arriba de su asiento. Los choferes y yo no eramos los únicos despiertos. Tal vez nadie dormía.

Entonces es cuando lo veo a él, un señor adulto, probablemente miope con unos anteojos con grandes marcos. Dejaba caer un poco de su pelo gris por su frente, no estaba peinado, seguramente se acababa de levantar. Me desconcertó haberlo visto volviendo a su asiento. Debía haber estado despierto hace mucho, o por lo menos hace media hora cuando yo me desperté. Entonces pasó algo terrible, vi como el miope empezó a mirar fijo uno de los martillos lacrados, vi que nunca se detuvo a mirar lo que estaba escrito en la ventana. Noté que la señora del libro también lo miraba. Me imagine que todos los que estábamos despiertos lo mirábamos en ese momento. Sus ojos miopes se veían enfurecidos, sus pelos más despeinados y sus manos empezaban a temblar. Me imagine lo peor, y entonces sucedió eso que imagine, que era malo.

Antes de notar que el miope daba un paso y empezaba a inclinar su delicado cuerpo miré al treinta y tres, al asiento de la chica linda, dormía.
Rápido volví la vista, al martillo lacrado primero y después a la mano que se le abalanzaba.
El ruido del motor iba sonando mientras avanzábamos por el camino.

Dos minutos después de ver por última vez los ojos miopes del canoso que estaba por agarrar el martillo, el colectivo estaba frenado en la banquina. Unos metros más allá en la ruta estaban los vidrios de la ventana, y al lado del inmenso colectivo todos los pasajeros, menos el miope, estábamos sentados en el pasto húmedo. Algunas vacas miraban en nuestra dirección, las demás seguían comiendo pasto.
Nadie decía nada, todo era silencio. Eramos veinte en total, contando al miope que estaba adentro moviendo la cabeza mientras no paraba de hablar, estaba temblando y sentado en su asiento -el dieciocho-, el martillo en su mano derecha. Algunos empezaron a agarrase las cabezas, nadie podía creer nada. Los pensamientos avanzaban a mil revoluciones por minuto. El colectivo estaba inmóvil.
Uno de los choferes se levantó y llevándose una mano a la boca miró para los campos, entonces vi que le caían unas lágrimas, su compañero se levantó para consolarlo. La chica linda cuando vio que el chofer empezaba a lagrimear soltó un grito desconsolado. Uno a uno todos empezaban a angustiarse aún más. Se paraban y pateaban piedras sueltas, puteaban, maldecían a sus dioses.

Yo me quedé sentado, no podía sacarme la imagen de esos ojos.
Lo que el miope acaba de hacer me pasaba por la cabeza incontables veces. Pero hubo algo de todo eso que no me pasaba por la cabeza, y era extraño por que sin pasar era lo que más me la rompía, lo que más me desesperaba. Y nunca lo pude saber.

Pasamos todo el día en esa banquina, de a ratos alguien lloraba, en otros, algunos empezaban a susurrar para distender el ambiente. Pero todo intento fue imposible, los llantos no paraban, las sensaciones iban oscureciéndose como el día. La chica linda ya no llamaba mi atención.

Estuve sentado catorce horas en la banquina húmeda con las manos en mi cabeza, y durante esas largas horas de angustia nunca pude entender, nunca pasó por mi cabeza el momento en que el miope retiró el lacre.

Entonces ahí quedó todo. La luna empezó a salir por atrás nuestro.

Mientras se oscurecía afuera también se oscurecía adentro. Y esa fue mi última imagen de ese día: el miope adentro, ennegreciéndose de a poco iluminado por unas luces rojas, las de emergencia, sin parar de hablar con el martillo rojo en su mano derecha.

Me di cuenta que yo nunca voy a poder ser el héroe.

Me paré y pensé en abandonar el lugar con el colectivo estacionado en la banquina con toda su gente afuera menos el miope que seguía adentro.

Empecé a caminar y en el frío pavimento entre vidrios, encontré un plástico rojo, me lo guardé en uno de mis bolsillos, agarré mi bolso y me fui.


M

viernes 20 de julio de 2007

Little Janey's gone III

Me voy dando cuenta que el momento está llegando.
Todo se está volviendo terrible. El tiempo pasa y me da miedo.


La enfermera levanta el brazo como para que avance, señalándome una escalera de unos dos escalones abajo de la camilla. El primer escalón, el segundo y ya estoy arriba. Me acuesto en la camilla que es bastante incómoda. Quedo mirando el techo, una gran luz difusa. Soy el sujeto de la lección de anatomía. Solo son dos los que me examinan.
El doctor y la enfermera se mueven por la sala. Yo quieto e invadido por unos nervios inconmensurables. El doctor siempre hablando.

- Vas a tener un poco de frío, pero no es nada, es para que no te electrocutes, jaja- mientras el doctor dice esto la enfermera pone una chapa de metal abajo de una de mis piernas, tiene un cable que apenas puedo llegar a ver que se va para algún lado.
Suspiro, tomo aire. La puta madre, está helado.

-Pasame una hoja del bisturí esas que están por allá- Sus palabras son despreocupadas, siento que sabe que es una operación común y rápida. Siento que quiere irse, apurar el trámite.

-Ahí tenés los bisturí, al lado tuyo- le responde la enfermera en tono de superación, estaba frente al doctor y lo estaba corrigiendo, le estaba indicando que los bisturí están abajo de sus ojos y no en el mueble de más allá.

-Pero no, esos no querida, vamos a hacerlo con el eléctrico- mientras me pone un algodón con algún liquido en la oreja le tira esas palabras. Muevo un poco los ojos y veo a la enfermera decepcionarse un poco, pero al instante se ríe. Yo lo miro al doctor a ver si le sorprende la risa de la enfermera. Nada.

Mis ojos son lo único mío que se mueve. No paran. El doctor no para de hablar, de hacerme preguntas. Yo contesto pero cualquier cosa, casi creo que ni escucho lo que dice. Preferiría carecer de ese sentido. El otro, la vista es lo único que me ayuda, es la herramienta perfecta que va a materializar el campo de acción cuando tenga que actuar si así debo, corporiza esas palabras. En este momento lo prefiero.
Es difícil.

-Noo, por que sabes, yo tengo cabañas, y eh, este año vinieron unos flacos de escocia viste, y uno trabajaba para esteee eh cómo se llama, este flaco inglés, un magoo- lo dice todo apurado. Yo que todavía no puedo anular mis oídos lo escucho. Intento ayudarlo en su búsqueda.

-Ah, mago, eh, Merlín?- Tiro inseguro, sé que ni a palos era esa la respuesta que esperaba.

-No, no, un mago, cómo es, uno pendejo- Dice el doctor.

-El señor de los anillos!!- Tira la enfermera más emocionada que ninguno de los dos. La película esa le debe haber encantado.

- No, no, no. Es otro- Lo dice mientras veo pasar arriba de mis ojos una tijera muy extraña con unos cables enrulados. Respiro hondo, sé que está distrayéndome. Respiro más profundo.
El doctor se da cuenta de mis bocanadas de aire, me muevo mucho.

-Harry Potter, es Harry Potter- digo cerrando los ojos, lo digo pensando que es la clave, la confesión que esperaban que confese las pequeñas soldados bordó. Lo digo bajo pero seguro a que lo escuchen.

-Claro, ese. Bueno lo que este flaco me contaba era que están juntando a paladas, que ese mago junta a paladas, es el mayor ingreso en inglaterra, todo un fenómeno!! Acá tenemos a los peque- Mientras dice eso yo siento en mi oreja dos tijerazos, tengo los ojos cerrados pero lo siento. Me imagino la sangre empezando a salir, los dos pedazos que fueron cortados cayendo adentro de una palangana. Espero que sea la verde. Abro los ojos y veo pasar el guante del doctor con la tijera agarrada lleno de sangre. No, sangre, encima de haberme pasado todo mal hay sangre, encima es demasiada.

No pasa nada más. Su charla del joven mago se difumó, la enfermera ya está guardando y limpiando los utensillos.
Todo es demasiado pasajero para ser lo que realmente es. Todo muy leve, muy nada. La puta!, no, no pudo haber sido así, no me convence este final, siempre te quise demasiado como para terminarlo con dos tijerazos. Tal vez en los últimos tiempos nos peleamos, te veía desubicada, pero eso era muy de vez en cuando. Por qué no haber acabado los dos juntos cuando realmente la naturaleza misma lo diga.
Es extraño, mis sensaciones son infinitas.

-Viste, no era nada, solo un minuto. ¿Querés aprovechar a que te haga otra cosa, prótesis en los pectorales, estás disconforme con tu bicho?- dice jocoso el doctor.

Me doy cuenta que él no entiende, que nadie entiende y que nadie nunca va a entender lo que me pasó en todo este momento.

Salgo de ese lugar. Me subo al auto. Pongo la llave, prendo el motor y entonces se prende la música. Se me pianta una lágrima.





-de izquiera a derecha: ella, yo-

jueves 19 de julio de 2007

Little Janey's gone II


(...)-Ya estamos listos. El doctor ya llegó y lo espera en la sala quirúrgica.

-Ah, bien, ya voy- le dije intentando que me deje un rato a solas con vos.

-Vení, seguime.

-Ah, eh, bueno, si- Me paro.

Escucho al doctor gritando, no. Está cantando, en un más allá. Desde la habitación me lo imagino al final del pasillo en algún cuarto exclusivo para el personal, tal vez, lavándose las manos.
La enfermera se da vuelta. Yo ya estoy apuntando a la puerta de la habitación número tres por lo que no tengo que molestarme en dar vuelta porque si así lo hago podría parecer que intento resistirme a su petición y no es mi intención exagerar o alterar los tantos. Cuanto más solícito me muestre más rápido va a pasar todo, por lo menos eso pienso ahora, es desesperada y fácil la actitud, pero bue. Cuando me vuelva revolucionario y con barba nunca le voy a comentar esto a mis camaradas. Ahora no tengo alternativa o prefiero no tenerla.

Nos encaminamos por el pasillo. Es la primera vez que me expongo con mi nueva indumentaria más allá del número tres que cuelga inclinado en la puerta. Escucho algunas voces en la habitación número cuatro, la que está al frente.
Camino atrás de la enfermera y me es imposible no poder relacionar esta escena con la que protagonizó el más grande astro del fútbol allá por el cuarto año de los noventa. Claro que no hay una cancha de fútbol haciendo de fondo, claro que no me aplauden multitudes, claro que a él le colgaba un diez de la espalda, claro que de mi espalda cuelga un ridículo trapo celeste, claro que no me puedo comparar con él, pero bueno, estoy siguiendo los pasos de una enfermera y esto por lo menos me distrae. Al futbolista se le derrumbaba una espectacular carrera, a mí una gran compañía. Mi sensación no escapa de las garras del sentimentalismo, el más barato.

En el pasillo mal pintado iluminado con luces fluorescentes te acarició, es la última vez.

Al final del pasillo damos con una puerta. La enfermera levanta el brazo y aprovechando el impulso de la caminada la golpea. No, no abre, está cerrada con llave.

- Espere un rato, ahí la abro- me dice mientras entra por otra puerta.
Me quedo solo. Me doy vuelta para ver el pasillo, para vigilar, para no ser descubierto por el pequeño ejercito de chicas con guardapolvos bordó. O por otras personas.
Con las paredes mal pintadas de un marrón claro y una insoportable luz intermitente puedo ver al final del pasillo a una pequeña soldado bordó. Me mira, la miro. Ella, en un extremo del pasillo. Yo, del otro. Vestida de bordó. Vestido de blanco, celeste y verde. Me quedo tenso, espero que pronto se abra la puerta que está a mi espalda, espero poder escabullirme a tiempo por algún lugar lejos de su vista, pero antes de decidirme, se va, simplemente me espiaba, analizaba mis movimientos.

El ruido de una llave me tranquiliza. La puerta se abre y atrás de ella aparece la enfermera, todavía no sé si está de mi lado o si no sé, algo en sus actitudes me tiene intranquilo. ¿Cómo es que no sabía de la puerta cerrada? ¿cómo puede ser que me haya dejado solo en ese pasillo de malos espíritus? No sé, voy a estar más atento. Me vuelvo conspiranóico.
Pero debería no pensar más en conspiraciones entre guardapolvos, debería confiar en estos pequeños seres de colores.

El doctor sigue cantando, siempre más allá. Por ahora no lo veo.

-Por-que- yoo, no quiero trabajarr, no quiero ir a estudiarrr...- Eso canta el doctor, y sigue y lo repite y se entusiasma cada vez más.
Me desconcierta, me enferma. No puedo creer que esté cantando eso, no sabe lo que producen esas palabras estrofadas en mi cabeza. No es que me enfermen por lo que quieren decir, sino por lo que yo estoy viviendo.
Quiero ver al doctor y saber con qué clase de persona me voy a encontrar, cómo voy a tener que defenderme, luchar.

La enfermera me deja solo en medio de una sala. Se va por la puerta que entró para abrir la puerta que estaba cerrada con llave.
Hay una camilla en el medio, es grande la sala y parece que sobra el espacio. Hay algunos muebles y algunos aparatos extraños con forma a microondas, otros a electrodomésticos sofisticados. La camilla está cubierta por una sábana blanca. Abajo de la camilla hay palanganas, cuatro y son naranjas, una verde. No entiendo para qué, realmente no entiendo para qué están, me impresionan un poco. Me imagino una persona abierta, una lección de anatomía y la sangre chorreando y después cayendo en esas palanganas, y me imagino a la enfermera sacando esas palanganas y llevándoselas a su casa con el consentimiento del doctor para después hacer harina de sangre para vender los sábados en la feria regional. Mi imaginación es la de un desesperado, absolutamente de acuerdo.

Escucho los cantos del doctor acercarse, entonces aparece por la puerta.

-Ohh, jo, no tenés celular con cámara ¿no? porque deberías sacarte una foto ja, no hacía falta tanto disfraz, esto es una boludez. En un minuto ya estás- dice el que antes cantaba. Pienso que realmente nunca me vio sino que solamente repite algo de memoria.

-Pero no te preocupes, porque como ves a mí también me disfrazan, esto es un circo!! jja ja- Lo dice, yo esperaba que lo diga. A él lo vistieron peor que a mí. Tiene un gorro como el mío, el verde, pero el de él con letras, con una i griega una dobleve y una equis. Rápido intento descifrar el enigma, pero no logro encontrar nada. Siempre debe haber llevado ese mismo gorro, no creo que esté conspirando o que esté atrás de alguna lucha silenciosa.

Me voy dando cuenta que el momento está llegando.
Todo se está volviendo terrible. El tiempo pasa.

-Viste, no era nada, solo un minuto. ¿Querés aprovechar a que te haga otra cosa, prótesis en los pectorales, estás disconforme con tu bicho?- dice jocoso el doctor.

Me doy cuenta que él no entiende, que nadie entiende y que nadie nunca va a entender lo que me pasó en todo este momento.

Salgo de ese lugar. Me subo al auto. Pongo la llave, prendo el motor y entonces se prende la música.






miércoles 18 de julio de 2007

Little Janey's gone

Apago el motor y se apaga la música, saco la llave. Miro por el espejo retrovisor, pienso que está siendo la última vez que te veo junto a mí. Te contemplo en tu silencio, te acaricio, son unos segundos muy intensos, profundos. Los recuerdos quieren aparecer, robarse el centro de atención, se amontonan, se mueven y gritan. La presión que hacen en mi cabeza empieza a desesperarme, tiro fuerte de la puerta y como si hubiera tomado aire para nadar durante varios minutos salgo apurado, mi objetivo fijo es entrar por esa puerta y que todo suceda lo más rápido posible.
Eso es lo único que tiene que pasar.

Dejando el auto atrás, camino hasta esa puerta. Me freno un tiempo con la mano en la manija, tomo más aire y ahora empujo. La puerta se traba al principio pero después abre con facilidad. Adentro hay tres bancos largos cubiertas de una tela con flores marrones y rosas.
En los bancos hay personas, no más de cinco. Una pareja muy abrigada acurrucada en una esquina con un niño que supongo es su hijo, que se hablan muy bajo y se ríen y huelen a perfume, están de la mano y el hijo sentado arriba del padre. Al hijo le cuelgan algunos mocos por la nariz y respira por la boca, tendrá cuatro años, los padres no más de veintiuno.
En la otra punta de ese mismo banco hay una señora, también abrigada, apoyando la espalda contra la pared. Las manos sosteniendo una cartera que tiene apoyada en sus piernas, mueve los dedos sacándose y poniendo un anillo. Tiene una sonrisa constante, deja que se le vean los dientes que tiene, todos, blancos y ordenados, debe ser una prótesis pero sabe llevarla con gracia. Cada vez que la veo noto que sus ojos se achinan y se le forman unas arrugas al costado de cada uno, también se le frunce un poco el entrecejo. Es rubia, seguramente teñida. Tendrá unos cincuenta y seis años.
Al frente de este banco está el otro, el segundo y sentado en éste hay otra señora, también tendrá unos cincuenta-y-tantos. Tiene un aspecto más humilde que la otra, vestida toda de un tono gris oscuro, con rulos y la piel de la cara más venida a menos. Sus manos o lo poco que puedo ver de ellas tienen algunas manchas y grandes venas azules, fácilmente me la imagino sosteniendo unos agujas de tejer, tejiendo. Pero ahora no está tejiendo, está esperando como todos nosotros, los que también estamos en la sala.
En el medio de la sala hay un escritorio, y en ese escritorio hay una secretaria. La secretaria tiene los cachetes colorados. Nunca se enteró que entramos o si se enteró no hizo evidente ningún gesto, siguió bien sentada, rígida, escribiendo y acomodando distintas carpetas. En un momento como si estuviera pensando en algo muy importante se puso la punta de la lapicera entre los labios, levantó una ceja y cuando se hizo indudable que había solucionado el problema que la tenia pensando bajó la lapicera y buscando la carpeta más lejana y abriendo desesperada pero con orden la carpeta, escribió una palabra que no debería tener más de seis letras, la cerró. En este momento, justo cuando la secretaria se felicita por su eficiencia, yo miro a las otras personas y les digo buenas tardes, algunos me responden y me siento en el banco. Me doy cuenta que todo empieza a ser distinto a como lo había pensado.

Todo el aire que había tomado antes de salir del auto ahora lo resigno y empiezo a respirar como siempre. Me encorvo en el banco y cruzando los brazos miro el barro que se había juntado en las zapatillas y con un pie intento sacarlo. Me doy cuenta que estoy ensuciando demasiado el lugar. Levanto la vista para que nadie pueda ver el barro que ahora se amontona en el piso, abajo mío. Eso no pasa. Levanto la vista, todos miran a mis pies. Haciéndome el distraído miro rápido por la sala y encuentro unas revistas, agarro una, la hojeo sin pensar de que trata. Pienso que hojeando la revista puedo demostrarles que no me asusta lo que ellos ahora saben, intento mostrarme tranquilo, indiferente. Pero las cosas no salen como yo quiero, presto un poco de atención en la revista y leo algo así como "Edición especial primavera-verano 2007". Una gran edición de fotografías de chicas en biquini o sin en algunos casos, que se me presentan frente a mis narices y yo frente a las narices de esa gente que pienso me quieren acabado, destruido. Rápido dejo la revista, dada vuelta, a mi lado, del lado de la publicidad. También la publicidad muestra largos cuerpos semidesnudos. No importa e intento no darle importancia.
Veo que aparece una señora de cuerpo grande caminando por un pasillo, sé que me va a salvar, que va a distraer a los demás. Y así aparece, rengueando, dispuesta a ayudarme sin saberlo.

-Para qué me hicieron tomar tanta leche de chica si de nada me sirvió, si el dotor ahora me dice que tengo osteoporo-no-sé-qué...Molido me dijo que tengo lo hueso! Jo jo jo-. Rengueando se va acercando más a la sala donde todos ahora la vemos, su risa me impresiona hasta casi contagiarme. Una de las señoras empieza a reírse dejando algunos comentarios tan vivos como los de la renga. A la otra señora, la de la prótesis, se le agranda la sonrisa, ahora sus ojos son una delgada línea negra, sus arrugas se multiplican. Veo a la pareja en el rincón, la chica le pega con el codo en la panza a su joven marido y se ríen también, pero en mutuo silencio intentando que no los descubran. Hasta veo que la secretaria, tan aplicada, levanta la cabeza, deja quieta la lapicera y comenta algo.

-Querida, me llamaste al remí que te pedí?- dice la renga cortando la conversación que tenía con la señora que no tiene prótesis.

-Ay, no, todavía no. Si te veía tan contenta ahí con tu charla. Ahorita te lo pido mami.- La secretaria se para y va a llamar por teléfono.

- No! si con este frío y lo hueso molido no me voy a andar molestando para caminar. Má si, hoy uso un remí- dice la renga a todos los que estamos en la sala. Todos largan una pequeña risotada. Yo también, es mi salvadora y quiero que lo sepa, o por lo menos que no se sienta incomoda en el lugar. Llegó el remis y entonces se va la renga. En cierto grado ayudó a distender los ánimos.

Ahora el lugar está igual de silencioso que antes de la intervención de la señora.
Su paso dejó un gran vacío en la sala. Más grande que antes. Ahora ya no me importan los demás. Levanto la mano, y te acaricio y todos los recuerdos que se congelaron cuando entré a la sala empiezan a revivir. Mi cara es de total pánico, por lo menos así me la imagino. Ya no me importa que me acusen de haber ensuciado el piso o de ver revistas eróticas frente a un niño de unos cuatro años, en todo caso la culpa es del que llevo la revista para que sea hojeada. Ahora todo gira alrededor del motivo por el cual estoy acá, por el cual me presenté. Todo el mundo, la vida, se enturbia. Todo es un caos dentro de mi cabeza, ninguno de los que está presente lo percibe.
Escucho que se abre una puerta y que sale una señorita con guardapolvo bordó que me pregunta si yo soy el chico. Si, yo soy el chico. Me paro y la sigo.

Caminamos por el pasillo por dónde apareció en su momento la renga.

-Te vamos a dar la habitación número tres. Ahí te vas a quedar un ratito y necesitamos que te pongas esto, toma. - estira las manos y me da unas telas, claro, me doy cuenta que es un delantal o algo por el estilo. Me doy vuelta para preguntarle cómo hago para ponerme todo eso que me acababa de dar. No está, se fue. Me saco las zapatillas e intento ponerme eso, realmente se me complica. No entiendo, son cuatro pedazos de tela. Uno muy grande que me parece es el que me tengo que poner en el torso. Uno más chico, y dos un poco más grande que el más chico, y todos los pedazos con tiras que le cuelgan que pensando un poco me doy cuenta que me van a servir para atar las telas a mi cuerpo. Pero, ¿tantas tiras? Abro la puerta de la habitación número tres e intento dar con la chica de guardapolvo bordó del otro lado de la puerta. Asomo la cabeza. No veo nada, un pasillo mal pintado iluminado con luces fluorescentes. Salgo de la habitación y voy a buscar a la chica. La encuentro en una salita de dos por dos cortando gasas y escuchando la radio. Sonríe cuando me ve. Torpe y nervioso le pregunto cómo hacer para ponerme eso que me dio. La sigo hasta el cuarto. Agarrando el pedazo grande me dice que es para que cubra mi cuerpo. Me lo imaginaba, pero las otras tres partes son complejas, no las entiendo. Ella agarra las dos que son iguales abre la boca para decir algo, y lo dice:

-Esto es para los piecitos- extendiendo las telas. Me siento muy tarado con su comentario.

- Y este es para la cabecita- Más desdichado me siento. Es casi obvio que era para la cabeza, por que no lo pensé antes.

-Y…¿ para que estás acá? ¿qué es lo que te van a hacer?- dice mientras me analiza con su mirada. Yo te señalo con la mano y le digo que estoy acá por vos. Ella se acerca con curiosidad y dice que no va a ser nada, que no me preocupe. Rápido le pregunto si hace falta el disfraz, me dice que es necesario de todos modos. Yo le respondo algo estúpido, algo así como “claro, si, claro cómo no me lo voy a poner, no hay drama”. Me doy cuenta que no entiende, que nadie entiende y nadie nunca va a entender lo que me pasa en este momento. Sale por la puerta. Nos deja solos en la habitación. Me siento en una de las camas.

Sentado en un cuarto, en la habitación número tres. No me había dado cuenta cómo era la habitación en la que estoy. Dos camas grandes con una serie de exagerados mecanismos de hierro por debajo. Debe ser para acomodar la cama al gusto del que se acuesta. Arriba de las camas un alambre que pasa justo por arriba dónde van las cabezas, juego al detective y me digo que seguro es para colgar el suero. Entonces si estoy donde sé que estoy tiene que haber algún cuerpo consumido y demacrado de Cristo con una mancha de sangre en su pecho, clavado en una cruz clavada ésta en la pared. Ya la estoy buscando. Me sorprendo, no la veo. Pero el televisor está, y si, al frente de las dos camas. Dos cables bajan por la pared y uno se va por un agujero y el otro sigue para una puerta. En otra pared hay un cartel que dice algo así como prohibido que el acompañante se siente o acueste en las camas> termino de leer el cartel y salto de la cama. Espera, ¿por qué salto de la cama?, yo no soy un acompañante, ¿lo soy? No entiendo el por qué de esa reacción. Pero claro, tengo miedo, no estoy acá por nada. Aprovecho a que estoy parado y me desvisto. En calzones me quedo parado en el medio del cuarto. Vos ahí estás. Adentro hace calor, afuera es invierno. Me quedo viendo los pedazos de tela que están en la cama. Me los tengo que poner. Agarro primero la parte más grande. Es ridículo, si, es muy ridículo, o sino es ridículo es incomodo. Creo que me queda chico, pero no tengo idea cómo podría llegar a ser uno común así que de todos modos me lo pongo. Ato las tiritas de todas las formas que se me ocurren, ninguna parece la correcta. Pienso que la chica al verme se va a reír y después le va a contar todo a sus colegas. Pero yo estoy por algo peor que hacer simplemente el ridículo frente a unas señoritas. Realmente no me importa lo que lleguen a decir después. Me pongo lo que tiene que ir en la cabeza, uh, para qué! Sin pensarlo me pongo las telas que hacen de pantuflas. Se complican estas, son las que más tiras tienen. Vuelvo a pensar lo que antes pensé, eso de que no me importaba lo que lleguen a decir esas chicas.
Lo mío es una situación desesperada. Me siento en la cama, encorvado. Miro lo que tengo puesto. Levanto mis pies que no llegan a tocar el piso y veo lo que me hicieron poner.
Miro al televisor y lo que se refleja es muy triste. El cuarto mal pintado como el pasillo, las grandes camas de fondo y la puerta. Pero lo peor que se ve soy yo, una cara ovalada en primer plano con un trapo verde mal atado. Una tela celeste que cae en un cuerpo que parece más lejos que la cara, las manos apoyadas en mis piernas y finalmente los pies con esas cosas que son blancas. Vos también estás. La triste escena por lo menos me aleja un poco de la realidad, la mía. No por mucho tiempo.

Sigo sentado. Intento no preocuparme más por mi aspecto. Ahora escucho todos los ruidos internos del edificio, sus venas, algún corazón. El edificio tiene agua en todas sus partes, corre por entre los ladrillos, los cables y por sobre todo tuberías, claro, es lo que se espera, pero yo en mi situación llego a pensar que las tuberías pueden llegar a ser solamente anecdóticas. Muevo la cortina intentando ver cielo, un poco de exterior, es hora de hacerlo, sé que es una oportunidad sin iguales. La corro, pero no veo cielo, no veo ramas de árboles, no veo nubes y pajaritos, no veo el sol. El vidrio es esmerilado.

Todo me lleva a pensar en vos y como siempre cuando pensaba en vos te acaricio, te veo desde el reflejo del televisor y los recuerdos intentan amotinarse, volverme loco. Me agarro la cabeza, pienso en lo que estoy por hacer, necesito un posible escape, una salvación.

Nos imagino solos y de viaje, lejos. Muy lejos, donde nadie preguntaría.

Suena la puerta, escuché solo tres golpes. Entra una chica con guardapolvo bordó pero no es la misma de antes. Entra con una carpeta. Me mira un instante y apoya la carpeta en la cama que está vacía. Yo no puedo creer nada. Me están tomando el pelo, quieren humillarme hasta que confese algún delito que no cometí, no entiendo, se me confunden los pensamientos.
Solamente quiere arreglar los honorarios. Me molesta que lo diga todo al frente tuyo. Me siento un traidor. ¿Quién dice a alguien que está arreglando todo para que desaparezca del planeta y de la peor manera? Nadie.
Las situaciones financieras nunca me gustaron, esta es la que más odio. Es difícil. La chica parece seria y me obliga a serlo. Es imposible, vestido así como estoy y enfrente a vos, no, es dificilísimo.
Torpe le digo que le pago ahora, que espere que busque la plata en el otro pantalón, en el único. Me dice que todo bien, que puedo pagar después. No, yo le quiero pagar ahora. Y le pago. Me invaden unas ganas de acabar con todo de una vez por todas, quiero agilizar todos los trámites.

Ya pasaron diez minutos desde que entró la segunda chica de guardapolvo bordó, una hora desde que salía del auto pensando en que esto me iba a tomar solo dos minutos.

Entra otra chica, ésta con guardapolvo verde, parecido al de la tela que tengo en la cabeza. No toca la puerta, y cuando entra me asusta. Yo no estoy en ninguna situación comprometida y entonces la saludo. Ella me saluda. Parece más simpática que las otras. Me dice que a las cinco va a estar todo listo para empezar.

-Ah, copado, que bien, ¿qué hora es?- le pregunto.

- Son las cuatro y cuarto, pero mientras podes ver la televisión.

- Ah, bien, no te preocupes, yo estoy bien, no tengo apuro, en serio no te preocupes, ahora prendo la tele.

Preocupar de qué. Ella solamente está trabajando, el único que puede preocuparse y que de hecho se está preocupando soy yo.
Pero de todos modos me parece buena idea. Prender el televisor va a distraerme, es la droga perfecta. Entonces como cualquier teleespectador apunto el control hacía el televisor aprieto el botón de más allá, no funciona. Me paro y mientras me acerco para prenderlo desde el botón del televisor, veo mi reflejo, el triste. No prende. Pero es tan fuerte mis ganas de borrar de la mente ese triste reflejo que sigo los cables, esos que se iban uno por un agujero y otro por una puerta. Sigo el de la puerta y me doy cuenta que la puerta es la puerta de un baño en suite. Triste es cuando veo que el baño tiene un gran espejo. Más triste es cuando no puedo esquivarlo y me veo. Pero ninguna de las dos tristezas anteriores puede superar la tristeza que sufro cuando te veo. Rápido enchufo el cable en el toma corriente y dando un salto desesperado al cable que cruza el camino me siento enfrente del televisor y ahora sí, logro prenderlo.

Los primeros canales los paso rápido. Me quedo en uno que pasa novedades deportivas, algo así como las competencias olímpicas. Por el año que es sé que no, que las competencias olímpicas no son. Hay una chica que da saltos. Otra que tira cosas.
De nuevo, sin tocar la puerta y menos de un minuto después de haber prendido el televisor abre la puerta le chica de verde. Otra vez me asusta y apago el televisor intentando que ella no pueda ver lo que veía.

-Ya estamos listos. El doctor ya llegó y lo espera en la sala quirúrgica.

-Ah, bien, ya voy- le dije intentando que me deje un rato a solas con vos.

-Vení, seguime.

-Ah, eh, bueno, si- Me paro y la sigo.

En el pasillo mal pintado iluminado con luces fluorescentes te acarició, es la última vez.


-Viste, no era nada, solo un minuto. ¿Querés aprovechar a que te haga otra cosa, prótesis en los pectorales, estás disconforme con tu bicho?- dice jocoso el doctor.

Me doy cuenta que él no entiende, que nadie entiende y que nadie nunca va a entender lo que me pasó en todo este momento.

Salgo de ese lugar. Me subo al auto. Pongo la llave, prendo el motor y entonces se prende la música.