
todos empezaron a sospechar del castor

...
es un insulto


La enfermera levanta el brazo como para que avance, señalándome una escalera de unos dos escalones abajo de la camilla. El primer escalón, el segundo y ya estoy arriba. Me acuesto en la camilla que es bastante incómoda. Quedo mirando el techo, una gran luz difusa. Soy el sujeto de la lección de anatomía. Solo son dos los que me examinan.
El doctor y la enfermera se mueven por la sala. Yo quieto e invadido por unos nervios inconmensurables. El doctor siempre hablando.
- Vas a tener un poco de frío, pero no es nada, es para que no te electrocutes, jaja- mientras el doctor dice esto la enfermera pone una chapa de metal abajo de una de mis piernas, tiene un cable que apenas puedo llegar a ver que se va para algún lado.
Suspiro, tomo aire. La puta madre, está helado.
-Pasame una hoja del bisturí esas que están por allá- Sus palabras son despreocupadas, siento que sabe que es una operación común y rápida. Siento que quiere irse, apurar el trámite.
-Ahí tenés los bisturí, al lado tuyo- le responde la enfermera en tono de superación, estaba frente al doctor y lo estaba corrigiendo, le estaba indicando que los bisturí están abajo de sus ojos y no en el mueble de más allá.
-Pero no, esos no querida, vamos a hacerlo con el eléctrico- mientras me pone un algodón con algún liquido en la oreja le tira esas palabras. Muevo un poco los ojos y veo a la enfermera decepcionarse un poco, pero al instante se ríe. Yo lo miro al doctor a ver si le sorprende la risa de la enfermera. Nada.
Mis ojos son lo único mío que se mueve. No paran. El doctor no para de hablar, de hacerme preguntas. Yo contesto pero cualquier cosa, casi creo que ni escucho lo que dice. Preferiría carecer de ese sentido. El otro, la vista es lo único que me ayuda, es la herramienta perfecta que va a materializar el campo de acción cuando tenga que actuar si así debo, corporiza esas palabras. En este momento lo prefiero.
Es difícil.
-Noo, por que sabes, yo tengo cabañas, y eh, este año vinieron unos flacos de escocia viste, y uno trabajaba para esteee eh cómo se llama, este flaco inglés, un magoo- lo dice todo apurado. Yo que todavía no puedo anular mis oídos lo escucho. Intento ayudarlo en su búsqueda.
-Ah, mago, eh, Merlín?- Tiro inseguro, sé que ni a palos era esa la respuesta que esperaba.
-No, no, un mago, cómo es, uno pendejo- Dice el doctor.
-El señor de los anillos!!- Tira la enfermera más emocionada que ninguno de los dos. La película esa le debe haber encantado.
- No, no, no. Es otro- Lo dice mientras veo pasar arriba de mis ojos una tijera muy extraña con unos cables enrulados. Respiro hondo, sé que está distrayéndome. Respiro más profundo.
El doctor se da cuenta de mis bocanadas de aire, me muevo mucho.
-Harry Potter, es Harry Potter- digo cerrando los ojos, lo digo pensando que es la clave, la confesión que esperaban que confese las pequeñas soldados bordó. Lo digo bajo pero seguro a que lo escuchen.
-Claro, ese. Bueno lo que este flaco me contaba era que están juntando a paladas, que ese mago junta a paladas, es el mayor ingreso en inglaterra, todo un fenómeno!! Acá tenemos a los peque- Mientras dice eso yo siento en mi oreja dos tijerazos, tengo los ojos cerrados pero lo siento. Me imagino la sangre empezando a salir, los dos pedazos que fueron cortados cayendo adentro de una palangana. Espero que sea la verde. Abro los ojos y veo pasar el guante del doctor con la tijera agarrada lleno de sangre. No, sangre, encima de haberme pasado todo mal hay sangre, encima es demasiada.
No pasa nada más. Su charla del joven mago se difumó, la enfermera ya está guardando y limpiando los utensillos.
Todo es demasiado pasajero para ser lo que realmente es. Todo muy leve, muy nada. La puta!, no, no pudo haber sido así, no me convence este final, siempre te quise demasiado como para terminarlo con dos tijerazos. Tal vez en los últimos tiempos nos peleamos, te veía desubicada, pero eso era muy de vez en cuando. Por qué no haber acabado los dos juntos cuando realmente la naturaleza misma lo diga.
Es extraño, mis sensaciones son infinitas.
-Viste, no era nada, solo un minuto. ¿Querés aprovechar a que te haga otra cosa, prótesis en los pectorales, estás disconforme con tu bicho?- dice jocoso el doctor.
Me doy cuenta que él no entiende, que nadie entiende y que nadie nunca va a entender lo que me pasó en todo este momento.
(...)-Ya estamos listos. El doctor ya llegó y lo espera en la sala quirúrgica.
-Ah, bien, ya voy- le dije intentando que me deje un rato a solas con vos.
-Vení, seguime.
-Ah, eh, bueno, si- Me paro.
Escucho al doctor gritando, no. Está cantando, en un más allá. Desde la habitación me lo imagino al final del pasillo en algún cuarto exclusivo para el personal, tal vez, lavándose las manos.
La enfermera se da vuelta. Yo ya estoy apuntando a la puerta de la habitación número tres por lo que no tengo que molestarme en dar vuelta porque si así lo hago podría parecer que intento resistirme a su petición y no es mi intención exagerar o alterar los tantos. Cuanto más solícito me muestre más rápido va a pasar todo, por lo menos eso pienso ahora, es desesperada y fácil la actitud, pero bue. Cuando me vuelva revolucionario y con barba nunca le voy a comentar esto a mis camaradas. Ahora no tengo alternativa o prefiero no tenerla.
Nos encaminamos por el pasillo. Es la primera vez que me expongo con mi nueva indumentaria más allá del número tres que cuelga inclinado en la puerta. Escucho algunas voces en la habitación número cuatro, la que está al frente.
Camino atrás de la enfermera y me es imposible no poder relacionar esta escena con la que protagonizó el más grande astro del fútbol allá por el cuarto año de los noventa. Claro que no hay una cancha de fútbol haciendo de fondo, claro que no me aplauden multitudes, claro que a él le colgaba un diez de la espalda, claro que de mi espalda cuelga un ridículo trapo celeste, claro que no me puedo comparar con él, pero bueno, estoy siguiendo los pasos de una enfermera y esto por lo menos me distrae. Al futbolista se le derrumbaba una espectacular carrera, a mí una gran compañía. Mi sensación no escapa de las garras del sentimentalismo, el más barato.
Al final del pasillo damos con una puerta. La enfermera levanta el brazo y aprovechando el impulso de la caminada la golpea. No, no abre, está cerrada con llave.
- Espere un rato, ahí la abro- me dice mientras entra por otra puerta.
Me quedo solo. Me doy vuelta para ver el pasillo, para vigilar, para no ser descubierto por el pequeño ejercito de chicas con guardapolvos bordó. O por otras personas.
Con las paredes mal pintadas de un marrón claro y una insoportable luz intermitente puedo ver al final del pasillo a una pequeña soldado bordó. Me mira, la miro. Ella, en un extremo del pasillo. Yo, del otro. Vestida de bordó. Vestido de blanco, celeste y verde. Me quedo tenso, espero que pronto se abra la puerta que está a mi espalda, espero poder escabullirme a tiempo por algún lugar lejos de su vista, pero antes de decidirme, se va, simplemente me espiaba, analizaba mis movimientos.
El ruido de una llave me tranquiliza. La puerta se abre y atrás de ella aparece la enfermera, todavía no sé si está de mi lado o si no sé, algo en sus actitudes me tiene intranquilo. ¿Cómo es que no sabía de la puerta cerrada? ¿cómo puede ser que me haya dejado solo en ese pasillo de malos espíritus? No sé, voy a estar más atento. Me vuelvo conspiranóico.
Pero debería no pensar más en conspiraciones entre guardapolvos, debería confiar en estos pequeños seres de colores.
El doctor sigue cantando, siempre más allá. Por ahora no lo veo.
-Por-que- yoo, no quiero trabajarr, no quiero ir a estudiarrr...- Eso canta el doctor, y sigue y lo repite y se entusiasma cada vez más.
Me desconcierta, me enferma. No puedo creer que esté cantando eso, no sabe lo que producen esas palabras estrofadas en mi cabeza. No es que me enfermen por lo que quieren decir, sino por lo que yo estoy viviendo.
Quiero ver al doctor y saber con qué clase de persona me voy a encontrar, cómo voy a tener que defenderme, luchar.
La enfermera me deja solo en medio de una sala. Se va por la puerta que entró para abrir la puerta que estaba cerrada con llave.
Hay una camilla en el medio, es grande la sala y parece que sobra el espacio. Hay algunos muebles y algunos aparatos extraños con forma a microondas, otros a electrodomésticos sofisticados. La camilla está cubierta por una sábana blanca. Abajo de la camilla hay palanganas, cuatro y son naranjas, una verde. No entiendo para qué, realmente no entiendo para qué están, me impresionan un poco. Me imagino una persona abierta, una lección de anatomía y la sangre chorreando y después cayendo en esas palanganas, y me imagino a la enfermera sacando esas palanganas y llevándoselas a su casa con el consentimiento del doctor para después hacer harina de sangre para vender los sábados en la feria regional. Mi imaginación es la de un desesperado, absolutamente de acuerdo.
Escucho los cantos del doctor acercarse, entonces aparece por la puerta.
-Ohh, jo, no tenés celular con cámara ¿no? porque deberías sacarte una foto ja, no hacía falta tanto disfraz, esto es una boludez. En un minuto ya estás- dice el que antes cantaba. Pienso que realmente nunca me vio sino que solamente repite algo de memoria.
-Pero no te preocupes, porque como ves a mí también me disfrazan, esto es un circo!! jja ja- Lo dice, yo esperaba que lo diga. A él lo vistieron peor que a mí. Tiene un gorro como el mío, el verde, pero el de él con letras, con una i griega una dobleve y una equis. Rápido intento descifrar el enigma, pero no logro encontrar nada. Siempre debe haber llevado ese mismo gorro, no creo que esté conspirando o que esté atrás de alguna lucha silenciosa.
Me voy dando cuenta que el momento está llegando.
Todo se está volviendo terrible. El tiempo pasa.
-Viste, no era nada, solo un minuto. ¿Querés aprovechar a que te haga otra cosa, prótesis en los pectorales, estás disconforme con tu bicho?- dice jocoso el doctor.
Me doy cuenta que él no entiende, que nadie entiende y que nadie nunca va a entender lo que me pasó en todo este momento.
Apago el motor y se apaga la música, saco la llave. Miro por el espejo retrovisor, pienso que está siendo la última vez que te veo junto a mí. Te contemplo en tu silencio, te acaricio, son unos segundos muy intensos, profundos. Los recuerdos quieren aparecer, robarse el centro de atención, se amontonan, se mueven y gritan. La presión que hacen en mi cabeza empieza a desesperarme, tiro fuerte de la puerta y como si hubiera tomado aire para nadar durante varios minutos salgo apurado, mi objetivo fijo es entrar por esa puerta y que todo suceda lo más rápido posible.
Eso es lo único que tiene que pasar.
Dejando el auto atrás, camino hasta esa puerta. Me freno un tiempo con la mano en la manija, tomo más aire y ahora empujo. La puerta se traba al principio pero después abre con facilidad. Adentro hay tres bancos largos cubiertas de una tela con flores marrones y rosas.
En los bancos hay personas, no más de cinco. Una pareja muy abrigada acurrucada en una esquina con un niño que supongo es su hijo, que se hablan muy bajo y se ríen y huelen a perfume, están de la mano y el hijo sentado arriba del padre. Al hijo le cuelgan algunos mocos por la nariz y respira por la boca, tendrá cuatro años, los padres no más de veintiuno.
En la otra punta de ese mismo banco hay una señora, también abrigada, apoyando la espalda contra la pared. Las manos sosteniendo una cartera que tiene apoyada en sus piernas, mueve los dedos sacándose y poniendo un anillo. Tiene una sonrisa constante, deja que se le vean los dientes que tiene, todos, blancos y ordenados, debe ser una prótesis pero sabe llevarla con gracia. Cada vez que la veo noto que sus ojos se achinan y se le forman unas arrugas al costado de cada uno, también se le frunce un poco el entrecejo. Es rubia, seguramente teñida. Tendrá unos cincuenta y seis años.
Al frente de este banco está el otro, el segundo y sentado en éste hay otra señora, también tendrá unos cincuenta-y-tantos. Tiene un aspecto más humilde que la otra, vestida toda de un tono gris oscuro, con rulos y la piel de la cara más venida a menos. Sus manos o lo poco que puedo ver de ellas tienen algunas manchas y grandes venas azules, fácilmente me la imagino sosteniendo unos agujas de tejer, tejiendo. Pero ahora no está tejiendo, está esperando como todos nosotros, los que también estamos en la sala.
En el medio de la sala hay un escritorio, y en ese escritorio hay una secretaria. La secretaria tiene los cachetes colorados. Nunca se enteró que entramos o si se enteró no hizo evidente ningún gesto, siguió bien sentada, rígida, escribiendo y acomodando distintas carpetas. En un momento como si estuviera pensando en algo muy importante se puso la punta de la lapicera entre los labios, levantó una ceja y cuando se hizo indudable que había solucionado el problema que la tenia pensando bajó la lapicera y buscando la carpeta más lejana y abriendo desesperada pero con orden la carpeta, escribió una palabra que no debería tener más de seis letras, la cerró. En este momento, justo cuando la secretaria se felicita por su eficiencia, yo miro a las otras personas y les digo buenas tardes, algunos me responden y me siento en el banco. Me doy cuenta que todo empieza a ser distinto a como lo había pensado.
Veo que aparece una señora de cuerpo grande caminando por un pasillo, sé que me va a salvar, que va a distraer a los demás. Y así aparece, rengueando, dispuesta a ayudarme sin saberlo.
-Para qué me hicieron tomar tanta leche de chica si de nada me sirvió, si el dotor ahora me dice que tengo osteoporo-no-sé-qué...Molido me dijo que tengo lo hueso! Jo jo jo-. Rengueando se va acercando más a la sala donde todos ahora la vemos, su risa me impresiona hasta casi contagiarme. Una de las señoras empieza a reírse dejando algunos comentarios tan vivos como los de la renga. A la otra señora, la de la prótesis, se le agranda la sonrisa, ahora sus ojos son una delgada línea negra, sus arrugas se multiplican. Veo a la pareja en el rincón, la chica le pega con el codo en la panza a su joven marido y se ríen también, pero en mutuo silencio intentando que no los descubran. Hasta veo que la secretaria, tan aplicada, levanta la cabeza, deja quieta la lapicera y comenta algo.
-Querida, me llamaste al remí que te pedí?- dice la renga cortando la conversación que tenía con la señora que no tiene prótesis.
-Ay, no, todavía no. Si te veía tan contenta ahí con tu charla. Ahorita te lo pido mami.- La secretaria se para y va a llamar por teléfono.
- No! si con este frío y lo hueso molido no me voy a andar molestando para caminar. Má si, hoy uso un remí- dice la renga a todos los que estamos en la sala. Todos largan una pequeña risotada. Yo también, es mi salvadora y quiero que lo sepa, o por lo menos que no se sienta incomoda en el lugar. Llegó el remis y entonces se va la renga. En cierto grado ayudó a distender los ánimos.
Su paso dejó un gran vacío en la sala. Más grande que antes. Ahora ya no me importan los demás. Levanto la mano, y te acaricio y todos los recuerdos que se congelaron cuando entré a la sala empiezan a revivir. Mi cara es de total pánico, por lo menos así me la imagino. Ya no me importa que me acusen de haber ensuciado el piso o de ver revistas eróticas frente a un niño de unos cuatro años, en todo caso la culpa es del que llevo la revista para que sea hojeada. Ahora todo gira alrededor del motivo por el cual estoy acá, por el cual me presenté. Todo el mundo, la vida, se enturbia. Todo es un caos dentro de mi cabeza, ninguno de los que está presente lo percibe.
Escucho que se abre una puerta y que sale una señorita con guardapolvo bordó que me pregunta si yo soy el chico. Si, yo soy el chico. Me paro y la sigo.
-Te vamos a dar la habitación número tres. Ahí te vas a quedar un ratito y necesitamos que te pongas esto, toma. - estira las manos y me da unas telas, claro, me doy cuenta que es un delantal o algo por el estilo. Me doy vuelta para preguntarle cómo hago para ponerme todo eso que me acababa de dar. No está, se fue. Me saco las zapatillas e intento ponerme eso, realmente se me complica. No entiendo, son cuatro pedazos de tela. Uno muy grande que me parece es el que me tengo que poner en el torso. Uno más chico, y dos un poco más grande que el más chico, y todos los pedazos con tiras que le cuelgan que pensando un poco me doy cuenta que me van a servir para atar las telas a mi cuerpo. Pero, ¿tantas tiras? Abro la puerta de la habitación número tres e intento dar con la chica de guardapolvo bordó del otro lado de la puerta. Asomo la cabeza. No veo nada, un pasillo mal pintado iluminado con luces fluorescentes. Salgo de la habitación y voy a buscar a la chica. La encuentro en una salita de dos por dos cortando gasas y escuchando la radio. Sonríe cuando me ve. Torpe y nervioso le pregunto cómo hacer para ponerme eso que me dio. La sigo hasta el cuarto. Agarrando el pedazo grande me dice que es para que cubra mi cuerpo. Me lo imaginaba, pero las otras tres partes son complejas, no las entiendo. Ella agarra las dos que son iguales abre la boca para decir algo, y lo dice:
-Esto es para los piecitos- extendiendo las telas. Me siento muy tarado con su comentario.
- Y este es para la cabecita- Más desdichado me siento. Es casi obvio que era para la cabeza, por que no lo pensé antes.
-Y…¿ para que estás acá? ¿qué es lo que te van a hacer?- dice mientras me analiza con su mirada. Yo te señalo con la mano y le digo que estoy acá por vos. Ella se acerca con curiosidad y dice que no va a ser nada, que no me preocupe. Rápido le pregunto si hace falta el disfraz, me dice que es necesario de todos modos. Yo le respondo algo estúpido, algo así como “claro, si, claro cómo no me lo voy a poner, no hay drama”. Me doy cuenta que no entiende, que nadie entiende y nadie nunca va a entender lo que me pasa en este momento. Sale por la puerta. Nos deja solos en la habitación. Me siento en una de las camas.
Lo mío es una situación desesperada. Me siento en la cama, encorvado. Miro lo que tengo puesto. Levanto mis pies que no llegan a tocar el piso y veo lo que me hicieron poner.
Miro al televisor y lo que se refleja es muy triste. El cuarto mal pintado como el pasillo, las grandes camas de fondo y la puerta. Pero lo peor que se ve soy yo, una cara ovalada en primer plano con un trapo verde mal atado. Una tela celeste que cae en un cuerpo que parece más lejos que la cara, las manos apoyadas en mis piernas y finalmente los pies con esas cosas que son blancas. Vos también estás. La triste escena por lo menos me aleja un poco de la realidad, la mía. No por mucho tiempo.
Solamente quiere arreglar los honorarios. Me molesta que lo diga todo al frente tuyo. Me siento un traidor. ¿Quién dice a alguien que está arreglando todo para que desaparezca del planeta y de la peor manera? Nadie.
Las situaciones financieras nunca me gustaron, esta es la que más odio. Es difícil. La chica parece seria y me obliga a serlo. Es imposible, vestido así como estoy y enfrente a vos, no, es dificilísimo.
Torpe le digo que le pago ahora, que espere que busque la plata en el otro pantalón, en el único. Me dice que todo bien, que puedo pagar después. No, yo le quiero pagar ahora. Y le pago. Me invaden unas ganas de acabar con todo de una vez por todas, quiero agilizar todos los trámites.
-Ah, copado, que bien, ¿qué hora es?- le pregunto.
- Son las cuatro y cuarto, pero mientras podes ver la televisión.
- Ah, bien, no te preocupes, yo estoy bien, no tengo apuro, en serio no te preocupes, ahora prendo la tele.
Preocupar de qué. Ella solamente está trabajando, el único que puede preocuparse y que de hecho se está preocupando soy yo.
Pero de todos modos me parece buena idea. Prender el televisor va a distraerme, es la droga perfecta. Entonces como cualquier teleespectador apunto el control hacía el televisor aprieto el botón de más allá, no funciona. Me paro y mientras me acerco para prenderlo desde el botón del televisor, veo mi reflejo, el triste. No prende. Pero es tan fuerte mis ganas de borrar de la mente ese triste reflejo que sigo los cables, esos que se iban uno por un agujero y otro por una puerta. Sigo el de la puerta y me doy cuenta que la puerta es la puerta de un baño en suite. Triste es cuando veo que el baño tiene un gran espejo. Más triste es cuando no puedo esquivarlo y me veo. Pero ninguna de las dos tristezas anteriores puede superar la tristeza que sufro cuando te veo. Rápido enchufo el cable en el toma corriente y dando un salto desesperado al cable que cruza el camino me siento enfrente del televisor y ahora sí, logro prenderlo.
De nuevo, sin tocar la puerta y menos de un minuto después de haber prendido el televisor abre la puerta le chica de verde. Otra vez me asusta y apago el televisor intentando que ella no pueda ver lo que veía.
-Ya estamos listos. El doctor ya llegó y lo espera en la sala quirúrgica.
-Ah, bien, ya voy- le dije intentando que me deje un rato a solas con vos.
-Vení, seguime.
-Ah, eh, bueno, si- Me paro y la sigo.
En el pasillo mal pintado iluminado con luces fluorescentes te acarició, es la última vez.
-Viste, no era nada, solo un minuto. ¿Querés aprovechar a que te haga otra cosa, prótesis en los pectorales, estás disconforme con tu bicho?- dice jocoso el doctor.
Me doy cuenta que él no entiende, que nadie entiende y que nadie nunca va a entender lo que me pasó en todo este momento.